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Kepa Matilla (Psicoanalista - Psicólogo clínico) y Ana Lucas (Psicoanalista - Psicóloga)

martes, 19 de marzo de 2013

¿Cómo cura el psicoanálisis?

La técnica psicoanalítica ha sufrido numerosas transformaciones y perfeccionamientos a lo largo de su historia motivados tanto por las controversias y escisiones entre las distintas escuelas que lo imparten, como por los desarrollos teóricos acometidos y los efectos de la propia praxis.
En esta entrada nos remontaremos a sus orígenes para esbozar cómo se originó el método psicoanalítico, en qué consistía a finales del siglo XIX y qué patologías lo causaron.
En octubre de 1885, Freud se trasladó a París para completar su formación práctica como neurólogo. Aterrizó en la clínica de la Salpêtrière y, gracias a la enseñanza de su gran maestro Jean-Martin Charcot, comenzó a atisbar las implicaciones psíquicas que atañían a la «histeria».
Este diagnóstico se asignaba a multitud de pacientes, por lo general, mujeres con síntomas de lo más variopintos (espasmos, parálisis de extremidades, cefaleas, etc.) y a priori sin causa orgánica alguna. Los médicos las tachaban de simuladoras, cuestionando que su malestar fuese real. Esto venía ocasionado, en cierta medida, por sus comportamientos y actitudes, sus síntomas aparecían y desaparecían o se multiplicaban, no eran catalogables e incluso el propio paciente en muchos casos desconocía que determinadas contingencias hubiesen tenido lugar.
Freud sostuvo que el afligimiento de estas pacientes era verdadero y que además estaba relacionado con acontecimientos acaecidos en la temprana infancia. Con su práctica pudo localizar en ese período, bien un evento, bien una fantasía con connotaciones harto penosas para el paciente y que asimismo llevaban aparejado un afecto intolerable. El mecanismo psíquico que Freud teoriza para explicar el alivio de dicho malestar, consiste en la separación inconsciente, por parte del sujeto, de la idea inconciliable y el afecto que ésta conllevaba, desalojando la primera de la conciencia, es decir reprimiéndola, y convirtiendo el segundo en un síntoma corporal.
El trauma psíquico quedaba simbolizado en el cuerpo y constituía, junto con las palabras de los pacientes, el material disponible para llevar a cabo el tratamiento psicoanalítico. Freud propuso el lenguaje como hilo conductor entre el origen del malestar y el síntoma. Comprobó de hecho, en múltiples casos, que las palabras que pululaban en torno al evento tormentoso se vinculaban sobremanera con las manifestaciones sintomáticas.
Mediante los nexos que el propio paciente establecía en el relato de su historia y la orientación del analista hacia los puntos clave que entrañaba la patología en cuestión, se retornaba a la situación olvidada. Volviendo a vincular la idea que en origen fue inconciliable para el sujeto con el afecto intolerable que estuvo en un principio ligado a ella, el paciente podía tomar conciencia del asunto y tenía a su disposición, esta vez, un nuevo espacio en el que poder tramitar el afecto de forma distinta a como lo hizo en un primer momento, liberándolo así del síntoma con el esclarecimiento de su causa aunque no sin sortear numerosas dificultades —las resistencias de los pacientes a las comunicaciones muchas veces vergonzosas y las multiplicaciones de los síntomas en los acercamientos más significativos al núcleo patógeno objeto de tratamiento.

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