Blog hecho en Burgos para la difusión del psicoanálisis y de cómo éste entiende el malestar contemporáneo en sus múltiples formas: depresión, ansiedad, enfermedad mental, locura, angustia, melancolía, esquizofrenia, TDAH, etc.
Identificación
Dr. Kepa Matilla (Psicoanalista - Psicólogo clínico) y Dra. Ana Lucas (Psicoanalista - Psicóloga sanitaria)
miércoles, 6 de enero de 2016
Psicoanálisis Burgos: www.psicoanalisisburgos.com
Psicoanálisis Burgos: www.psicoanalisisburgos.com: ¡Nueva página web sobre psicoanálisis!
domingo, 9 de noviembre de 2014
Para Todos La 2 - Debate: El suicidio (24 sep 2014)
Se habla muy poco sobre el suicidio. Pretendemos acercarnos a este fenómeno desde un punto de vista filosófico, y no sanitario ni preventivo. Coloquio entre Kepa Matilla, psicólogo clínico y psicoanalista; Berta Meneses, química, teóloga y maestra zen; Carmen González Marín, filósofa y profesora de Filosofía Moral de la Universidad Carlos III; y Jorge de los Santos, Artista plástico. Para Todos La 2 - Debate: El suicidio (24 de septiembre de 2014)
jueves, 12 de diciembre de 2013
José María Álvarez
Estudios sobre la psicosis
(edición reescrita y aumentada)
Barcelona, Xoroi edicions, 2013, 441 págs.
(Fuente: Análisis, Revista de Psicoanálisis de Castilla y León)
José María Álvarez es uno de los más reconocidos especialistas en el ámbito de
la psicopatología clásica y la historia de la psiquiatría. Es un autor internacionalmente
valorado y respetado tanto por simpatizantes como por detractores, tanto por estudiantes
como por investigadores y profesionales de la salud mental. Y no sólo eso, para
cualquiera que quiera sumergirse en el conocimiento de la locura es una referencia más
que obligatoria. Por este motivo, celebramos esta tercera edición —hecho insólito en
nuestro medio— de sus ya clásicos Estudios sobre la psicosis.
Este libro, que originalmente surgió con el pretexto de recopilar una parte
destacada de sus múltiples artículos dispersos en otras tantas revistas, cuenta para esta
nueva edición con una rigurosa y concienzuda reescritura de los capítulos que los dota
de un nuevo aire fresco, una mayor concreción y una sólida visión de conjunto. Así es,
la reescritura le ha dado firmeza al texto. Asimismo, el libro se enriquece con tres
nuevos trabajos que se añaden a la lista de textos imprescindibles y que dan cuenta de
los intereses y preocupaciones actuales del autor.
Entre las nuevas incorporaciones, en primer lugar y abriendo el volumen,
tenemos una auténtica declaración de intenciones y un esclarecimiento directo y conciso
de la posición doctrinal, «Nuestra psicopatología». Incontestable compendio de
principios de una psicopatología diferente, combativa y más del lado del loco que de la
enfermedad. En segundo lugar, la reescritura de la espléndida conferencia que
pronunciara en el Colegio de Médicos de Valladolid, donde da muestras ya desde el
título mismo de un acentuado interés por la transmisión del conocimiento
psicopatológico en palabras llanas, simples y claras, «La locura para principiantes».
Finalmente, nos quitamos el sombrero para referir el estudio sobre Joyce y su hija
Lucia. Es verdad que son muchos los autores, lacanianos principalmente, que han
tratado la cuestión de la locura de Joyce desde que Lacan le dedicara un seminario y una
conferencia en los años 70. Pero permítaseme decir que nadie ha sido capaz de exceder
el corsé que las palabras de Lacan conformaban. Tampoco nadie ha sabido ir, en cuanto
a cuestiones de la vida de Joyce se refiere, más allá de la famosa biografía que Richard Ellman le dedicara. La mayoría de los autores no sabe nombrar otro hecho destacado de
la vida de Joyce que la conocida e insípida historia de la paliza, y si en eso se basa el
diagnóstico de psicosis muy poco crédito debería tener nuestra disciplina. Nadie ha
cruzado los límites salvo José María, quien sumergiéndose en la infinita bibliografía
sobre Joyce, ensayos y biografías —un auténtico pozo sin fondo—, ha logrado
configurar un texto de una belleza muy destacada y una originalidad inigualable. Como
él comenta en la entrevista que le realizamos a continuación, es un texto que obliga a
rozar la literatura. Cierto, y diré más aún, el autor hace tiempo que se convirtió en una
especie de filósofo de la psicopatología y este texto da buena muestra de ello.
En fin, se trata de un libro que habla por sí mismo y lo hace además de manera
elegante. El amplio dominio de los textos clásicos que derrocha; la especial habilidad
para dar una visión panorámica, de conjunto y doctrinal; la rica prosa con la que se
narra; el orden y consistencia al que se somete la materia; y la amplia experiencia
clínica con la que se orienta la teoría hacen de este libro uno de los más destacados en el
campo de la psicosis, un manual básico para orientarse en el amplio problema de la
locura.
Efectivamente, José María Álvarez es un escritor prolijo, de verbo sencillo y
elegante —algo en lo que no se prodigan los autores de nuestro campo—, que cuida
como nadie la redacción de todo lo que escribe y lo que escribe siempre tiene la
cualidad de dar una visión global, abarcadora, general y minuciosa del estado actual de
la cuestión, dando cuenta de todas las referencias y autores que antes que él han tratado
la materia. Es uno de los pocos que cuida las notas al pie, algo que para muchos puede
ser una cuestión secundaria, pero que resulta imprescindible para los estudiosos
interesados en cualquiera de los infinitos temas que él trata. Cuando uno busca
bibliografía sobre cualquier tema psicopatológico, que recurra a su voluminoso La
invención de las enfermedades mentales o a estos reescritos Estudios sobre la psicosis.
Entonces comprobará lo mucho que le queda aún por leer para hacerse una idea bien
fundamentada.
Es un estudioso que echa mano de la historia, no para realizar una mera
recolección de autores clásicos como acostumbran algunos popes de la psiquiatría, sino
para hacer que la historia responda a las preguntas que él formula y que atañen siempre
a cuestiones eminentemente clínicas. No son simples elucubraciones de materias obsoletas o debates zanjados tiempo ha, sino buscar las respuestas en los grandes
autores de la psicopatología para responder a problemas de la práctica actual. No hay
nada más práctico, nada más útil, que el saber que se desprende de ellos y este libro tan
bien recoge. Hay muchos que desempeñan una práctica diaria atendiendo a pacientes sin
saber absolutamente nada sobre la psicosis. ¡Que cojan este libro y empiecen a
formarse!
El compromiso de José María Álvarez con los clásicos de la psicosis ha sido
siempre una labor muy destacada. Los ha comentado y traducido en muchas de
ocasiones, y hoy sigue reeditándolos traducidos dentro del grupo de los denominados
Alienistas del Pisuerga, junto a Fernando Colina y Ramón Esteban.
Quisiera también destacar su vinculación con la docencia. El autor es de los
pocos que se dedica a Explicar con mayúsculas, a hacer más comprensible la materia, a
hacer el psicoanálisis y la psicopatología transmisible, y sobre todo, a hacer de la locura
algo familiar y cercano. Por eso son muchos los jóvenes que se acercan para buscar lo
que no encuentran en ninguna otra parte, ni en el cerebro ni en las abstracciones obtusas
que al final se reducen a repetir frases incomprensibles como loros. El autor habla su
propio lenguaje, un lenguaje coloquial, que se enriquece con múltiples referencias de
nuestra cultura y no de los sermones de una única parroquia. Su obra es el pensamiento
de un autor. Esto se ve si se recorre desde sus primeros textos, su famosa tesis de
doctorado entre ellos, hasta sus textos actuales (ansiamos su texto sobre la melancolía).
De seguir así, no pasará mucho tiempo hasta que algunos se autoproclamen
alvarecianos. Que me incluyan entre ellos.
Estudios sobre la psicosis
José María Álvarez
Nueva edición reescrita y ampliada
Entrevista a José María Álvarez, autor de
Estudios sobre la psicosis
Estudios sobre la psicosis
Por Kepa Matilla
(Fuente: Análisis, Revista de Psicoanálisis de Castilla y León)
(Fuente: Análisis, Revista de Psicoanálisis de Castilla y León)
K. M. ¿Qué interés tiene, en la práctica clínica actual, conocer en
profundidad la psicosis, así como saber diferenciarla de la neurosis?
J. M.ª A. La oposición neurosis versus
psicosis es la versión moderna de la oposición tradicional razón versus locura. De sobra sabemos que
Freud tomó la neurosis como referencia esencial para elaborar la psicopatología
y la clínica psicoanalítica. Esta referencia cambia con Lacan, para quien el
punto de mira es, desde el inicio de su obra, la psicosis; de ahí que sus
contribuciones tengan la impronta de la locura. A diferencia de otras
corrientes u orientaciones, los lacanianos hemos hecho de la psicosis una
materia fundamental en nuestra formación, lo mismo que, en el ámbito clínico,
es práctica habitual el tratamiento de este tipo de sujetos. Aunque todas
nuestras clasificaciones son arbitrarias y artificiales, desde el punto de
vista clínico y doctrinal sigue y seguirá siendo esencial distinguir neurosis y
psicosis, es decir, cordura y locura.
K. M. ¿Cuál es la importancia de los clásicos de la psicopatología en
este cometido?
J. M.ª A. Los clásicos de la psicopatología nos ayudan a apuntalar las construcciones teóricas que hacemos; ellos contribuyen a dar solidez y consistencia a nuestras interpretaciones, a limitar también ciertas tendencias erráticas y extravíos. Ellos aportan una clínica en estado puro, aunque a veces demasiado tosca. Como escribiera Foucault en su Historia de la locura, la clínica clásica converge en Freud. Sin Freud, es decir, sin el psicoanálisis, la clínica clásica sería hoy día una antigualla. Al inventar el psicoanálisis, Freud la revitaliza. Porque el suelo del psicoanálisis es el mismo que el de la clínica y la psicopatología clásica. Así entiendo la observación de Lacan cuando dice, en la “Introducción alemana de un primer volumen de Escritos”, que “hay una clínica. Sólo que ella es anterior al discurso analítico”. La clínica clásica aporta descripciones de fenómenos, nombra signos morbosos, construye clasificaciones, perfila los retratos de los tipos clínicos. Ahora bien, a la hora de explicar todos los datos y matices que entresaca de la observación, sus aportaciones son muy pobres. Y muy escasas de valor son también las contribuciones sobre la condición humana, es decir, sobre la esencia misma del hombre. De no haber surgido Freud, hoy día nuestras referencias primeras seguirían siendo los filósofos morales, con Cicerón a la cabeza.
Lo que hoy llamamos “clásicos de la psicopatología” es lo que Lacan estudió en su formación psiquiátrica. En aquellos años, cuando la clínica era lo que la palabra indica, los médicos estaban junto a los enfermos, los observaban, hablan con ellos y los trataban. Comoquiera que todo eso se ha perdido en gran medida, necesitamos recuperar a esos clásicos para recuperar con ello la clínica en estado puro. Por esa razón, durante un tiempo importante de nuestra formación, cogemos la mano de Séglas, Clérambault, Kraepelin y otros muchos. La psicopatología bien fundamentada no pasa de moda y es una materia central en la formación del psicólogo clínico, el psiquiatra y el psicoanalista. Tan descabalado me parece empeñarse en hacer integrales sin saber multiplicar, como hacer clínica sin saber psicopatología.
J. M.ª A. Los clásicos de la psicopatología nos ayudan a apuntalar las construcciones teóricas que hacemos; ellos contribuyen a dar solidez y consistencia a nuestras interpretaciones, a limitar también ciertas tendencias erráticas y extravíos. Ellos aportan una clínica en estado puro, aunque a veces demasiado tosca. Como escribiera Foucault en su Historia de la locura, la clínica clásica converge en Freud. Sin Freud, es decir, sin el psicoanálisis, la clínica clásica sería hoy día una antigualla. Al inventar el psicoanálisis, Freud la revitaliza. Porque el suelo del psicoanálisis es el mismo que el de la clínica y la psicopatología clásica. Así entiendo la observación de Lacan cuando dice, en la “Introducción alemana de un primer volumen de Escritos”, que “hay una clínica. Sólo que ella es anterior al discurso analítico”. La clínica clásica aporta descripciones de fenómenos, nombra signos morbosos, construye clasificaciones, perfila los retratos de los tipos clínicos. Ahora bien, a la hora de explicar todos los datos y matices que entresaca de la observación, sus aportaciones son muy pobres. Y muy escasas de valor son también las contribuciones sobre la condición humana, es decir, sobre la esencia misma del hombre. De no haber surgido Freud, hoy día nuestras referencias primeras seguirían siendo los filósofos morales, con Cicerón a la cabeza.
Lo que hoy llamamos “clásicos de la psicopatología” es lo que Lacan estudió en su formación psiquiátrica. En aquellos años, cuando la clínica era lo que la palabra indica, los médicos estaban junto a los enfermos, los observaban, hablan con ellos y los trataban. Comoquiera que todo eso se ha perdido en gran medida, necesitamos recuperar a esos clásicos para recuperar con ello la clínica en estado puro. Por esa razón, durante un tiempo importante de nuestra formación, cogemos la mano de Séglas, Clérambault, Kraepelin y otros muchos. La psicopatología bien fundamentada no pasa de moda y es una materia central en la formación del psicólogo clínico, el psiquiatra y el psicoanalista. Tan descabalado me parece empeñarse en hacer integrales sin saber multiplicar, como hacer clínica sin saber psicopatología.
K. M. Aparte de los que acabas de mencionar, ¿quiénes son los autores
más destacados e importantes que nos han ofrecido un mejor acercamiento de la
locura?
J. M.ª A. Improviso una respuesta que habría que matizar con más detalles
para hacer justicia a la historia de la clínica. Citaré en primer lugar a
Pinel. Y no por sus contribuciones psicopatológicas, semiológicas o nosográficas,
sino por cómo logró integrar el ethos
y el pathos, es decir, la
responsabilidad subjetiva y la patología, un asunto al que doy muchas vueltas
en el libro del que hablamos. En eso Pinel es admirable. También es admirable
Baillarger cuando estudia las alucinaciones. Griesinger resulta muy
esclarecedor al explicar el proceso de transformación o metamorfosis del yo en
la locura, y es muy brillante la descripción de la melancolía y el dolor del
alma, aunque en esto le supera con creces Schüle. Kahlbaum destacó por su
visión de la nosología y la construcción de los tipos clínicos, cosa que
interesó mucho a Freud, como sabemos por el célebre artículo de Ernest Harms, y
marcó por completo a Kraepelin. A este lado del Rin, hace más de siglo y medio,
cuando Lasègue describió el delirio de persecución sentó las bases de una
concepción de la locura que aún damos por buena: al delirio y a los grandes
síntomas de la locura les precede un momento de perplejidad o enigma, un tiempo
de angustia en el que el enfermo trata de agarrarse a “una idea” con la que
delirar, como muchos años después apostillaría Jaspers. Un psiquiatra que se
formó en Leubus y ejerció en Breslau, Clemens Neisser, aportó cosas similares
cuando estudió el fenómeno elemental genuino de la paranoia. Séglas,
continuador de Baillarger en el estudio de las alucinaciones, sigue siendo
imprescindible para entender de qué forma el lenguaje no es un instrumento a
disposición del sujeto, sino que el enfermo es un títere en manos del lenguaje.
La gran semiología de Séglas se completa con las aportaciones de Chaslin y
sobre todo de Clérambault, cuya descripción del síndrome de pasividad es de por
sí un tesoro. Las contribuciones de clínica francesa comienzan a oscurecerse
tras la monografía de Sérieux y Capgras sobre las locuras razonantes y se hacen
borrosas después de la tesis de Lacan sobre la paranoia. Al margen de esa
decadencia sobreviven, no obstante, las obras de Henri Ey y Paul Guiraud. No es
fácil estar de acuerdo con sus propuestas, desde luego, pero sus escritos
atesoran la gran cultura psicopatológica continental y sólo por eso merecen ser
leídos. En tierra de nadie, el italiano Eugenio Tanzi no tiene parangón cuando
queremos saber algo de los neologismos; lo mismo que tenemos que echar mano del
controvertido Morselli cuando nos interesamos por la semiología clínica. De los
alemanes, mejor dicho de los que escriben en alemán, hay pocas descripciones
tan didácticas de los tipos clínicos como las que realizara Kraepelin, un autor
al que hoy día seguimos recomendando a los residentes que se inician en este
ámbito del saber. Eugen Bleuler y su alumno Carl G. Jung superaron al anterior
cuando elaboraron una teoría sobre las esquizofrenias, una teoría hecha con
materiales heterogéneos, cierto, pero ingeniosa. La psicopatología alemana
aumentó su merecido prestigio con Kurt Schneider, aunque sus aportaciones no
están a la altura de la fama alcanzada. El último nombre que daré está más
cerca de nosotros en el tiempo y en el espacio. Es Fernando Colina. Lo pongo
sin ningún rubor en la lista de los importantes porque es uno de los grandes
pensadores de la psicopatología, quizás el último.
Contesto de forma apresurada, como decía, a una pregunta que tiene más enjundia de la que contiene la respuesta.
Contesto de forma apresurada, como decía, a una pregunta que tiene más enjundia de la que contiene la respuesta.
K. M. Podrías enumerar, de manera breve, algunas cuestiones
esenciales sobre la locura.
J. M.ª A. Como advierto en el
estudio “La locura para principiantes”, no es fácil hablar de la locura y menos
aún si se pretende hacer de forma breve y sencilla. Allí escribí, a modo de
introducción, que la locura es un drama intenso y solitario. Si hubiéramos de
perfilar un denominador común de lo que nos refieren nuestros locos,
seguramente todos destacaríamos que la experiencia de la locura guarda una
estrecha relación con la certeza, la posesión de la verdad y el saber
irrebatible, con la revelación, la autorreferencia, el perjuicio, la plenitud,
la intensidad y la soledad, todo en grado extremo. De todas estas experiencias
genuinas, la más rotundamente psicótica es, por supuesto, la certeza. La
certeza nos muestra con claridad de qué forma se relaciona el loco con el saber
y la verdad. En la certeza busca su salvación pero encuentra su veneno, un
veneno que causa una adicción potentísima. En esto un loco es todo lo contrario
del pasota, del descreído y del escéptico, al menos en lo tocante a su certeza.
El loco se agarra a la certeza como el náufrago al pecio, incluso a sabiendas
de que lo aleja de la orilla. Pero la necesita, porque sabe que hay algo peor
aún, algo que él conoce porque lo vivió antes de dar con el eureka de su
certeza y la fórmula de su delirio. De ahí que, si la comparamos con las
creencias o las opiniones, la densidad de la certeza es máxima y su
concentración es tan intensa que no se disuelve con buenos razonamientos ni
desmentidos de la realidad común. Lo mismo sucede con su poderío, tan vigoroso
que resulta determinante para el devenir a corto y largo plazo. A consecuencia
de su intensidad y poderío, la certeza estrecha tanto el contorno de las
relaciones que condena al loco a vivir en completa soledad.
K. M. En tu opinión, ¿consideras que fue un forzamiento, en el
surgimiento de la psiquiatría, el pasaje de la locura clásica a la alienación
mental, lo que se conoce como “medicalización de la locura”? De ser así, ¿en
qué lugar quedan hoy las posturas más biologicistas a la hora de entender al
loco?
J. M.ª A. Es un forzamiento en toda regla. Un forzamiento que se lleva a
cabo mediante la invención de las enfermedades mentales, cosa que podría
considerarse un delirio si no fuera por el amplio lazo social que ha generado.
Su punto de partida, no obstante, es tan delirante como cualquier idea loca. Lo
mismo que hay delirios que contribuyen al saber y a la concordia, también los
hay que siembran discordia y oscurecen nuestras miras. El delirio de las
enfermedades mentales ha determinado nuestras prácticas actuales, las cuales se
caracterizan por acallar al loco y justificar ese silencio con argumentos
inspirados en las neurociencias, argumentos, por lo demás, más cercanos a la
ciencia ficción que al conocimiento riguroso y útil. Desde este punto de vista,
el loco no existe. Es un enfermo al que hay que cuidar, medicar, controlar,
reeducar y consolar. El loco es una figura de la época precientífica, de cuando
ingenuamente se pensaba que la razón y la locura iban, a veces, de la
mano.
K. M. Cuál es tu punto de vista sobre el psicoanálisis, no sólo para
el conocimiento de la psicosis, sino también para el tratamiento de la
psicosis.
J. M.ª A. El psicoanálisis se inventó para esclarecer y tratar las
neurosis. Esa era la idea de Freud. Pero su potencial interpretativo y
heurístico era tal, que rápidamente se extendió a la locura, como no podía ser
de otro modo si se tiene en cuenta que hasta Freud las explicaciones de los
fenómenos de la locura eran para echarse a llorar. El interés que despertó
Freud entre algunos psiquiatras del prestigio de Bleuler o Jung contribuyó a la
extensión del psicoanálisis. Pero lo más importante fue que el psicoanálisis se
convirtió en una potente lámpara con la que iluminar la oscuridad esencial de
la locura. El concepto bleuleriano de esquizofrenia se debe, en gran parte, a
la influencia freudiana. Ahora bien, pese a que algunos analistas, como
Abraham, Tausk, Federn, Klein, Fairbairn, Rosen o Sechehaye, realizaron
importantes contribuciones al conocimiento y tratamiento de la psicosis, lo
cierto es que la locura entró de lleno en el psicoanálisis con Lacan. Con Lacan
psicoanálisis y psicosis se convirtieron en términos inseparables, tanto es así
que se iluminan uno al otro. Se sea psicoanalista o no, es necesario reconocer
que nuestro conocimiento actual de la psicosis es esencialmente lacaniano.
Tanto en materia nosológica y nosográfica como terapéutica. Sus aportaciones de
los años cincuenta, en especial el Seminario
3 y “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”,
sentaron las bases para conocer con detalle la estructura psicótica, la
jerarquía de sus fenómenos esenciales, la dinámica, el desencadenamiento, la
transferencia y algunas formas de reequilibrio. Con esas herramientas, durante
años los analistas hemos atendido a muchos sujetos psicóticos, cosa que jamás
había sucedido en la historia del psicoanálisis ni menos aún de la psiquiatría.
Sabíamos muy bien lo que no se debía hacer, y poco a poco fuimos aprendiendo lo
que conviene hacer en el tratamiento del alienado. Con el Seminario 23 Lacan aporta, en mi opinión, un optimismo terapéutico
importante, puesto que muestra las múltiples formas potenciales de reequilibrio,
muchísimas más de las que conocíamos a partir de la perspectiva estructural
(delirio, paso al acto, identificaciones, etc.). Como se ve, de nuevo la
psicosis o la locura –pues Lacan, cuando habla de Joyce, usa ese término
tradicional– reaparece en su reflexión y le sirve para apuntar sus últimas
contribuciones acerca del sinthome.
Por tanto, me resulta inimaginable que alguien se dedique al estudio de la locura y su tratamiento y no sea lacaniano.
Por tanto, me resulta inimaginable que alguien se dedique al estudio de la locura y su tratamiento y no sea lacaniano.
K. M. Uno de los capítulos que añades en esta nueva edición,
reescrita y ampliada, es un texto sobre Joyce con el que continúas la
investigación sobre las formas normalizadas de la psicosis, ¿cuál es tu opinión
sobre los tipos clínicos y los límites de la locura?
J. M.ª. A. Cierto. En esta edición, los estudios XI, XII y XIII se agrupan
bajo la rúbrica “La psicosis de hoy y de siempre”. Y es en estos textos donde
indago con más detalle en la cuestión de la psicosis
normalizada. Le di este nombre hace años porque se trata de ciertas
presentaciones clínicas de la locura o psicosis en las que, aparte de su
sintomatología atenuada o discreta y de sus crisis muy puntuales y reducidas,
es frecuente observar que muchos de estos sujetos se muestran llamativamente
hipernormales, con lo que, afortunadamente para ellos, pasan desapercibidos, la
familia les deja en paz y nosotros, los sanitarios, también. Estas formas
discretas o normalizadas comparten con las psicosis
enloquecidas –así las llamo en el libro– la misma esencia, es decir,
comparten las experiencias psicóticas genuinas. La cuestión que se plantea
ahora es acotar el territorio nosográfico en el que se sitúan sujetos
psicóticos de perfil tan distinto como los normalizados y los enloquecidos,
esto es, los locos de atar y los locos discretos. Se trata, por tanto, del
eterno problema de los límites de la locura y de los tipos clínicos.
Soy partidario de los tipos clínicos. Lo soy porque observo que muchos sujetos obsesivos o histéricos siguen siendo, treinta años más tarde, obsesivos o histéricos después de haber afrontado muchas vicisitudes. Quiero decir que jamás han enloquecido. Con lo cual deduzco que están apuntalados defensivamente en una estructura o tipo clínico de cuyo perímetro jamás se moverán. Por eso creo en los tipos clínicos. Pero también creo que los límites entre locura y cordura son borrosos y artificiales. Todos tenemos algo de locos y los locos algo de cuerdos. Sí, es cierto. Pero como necesitamos las clasificaciones, al menos inicialmente, enseguida trazamos una raya y separamos un grupo del otro y los enfrentamos conceptualmente.
Sólo hay dos formas de pensar el pathos. Lo pensamos como una discontinuidad o como una continuidad, es decir, como estructuras, categorías, entidades o tipos, o lo pensamos de forma elástica, como si fueran espectros, donde las transiciones se borran. Somos nosotros, los clínicos, quienes decidimos sobre el modelo que seguimos, si es continuo o discontinuo, si es borromeo o estructural. Por eso la psicopatología no es una ciencia (ni falta que le hace), porque nosotros decidimos acerca del modelo que adoptamos. Sin embargo, la opción buena consiste en elegir a la vez las dos perspectivas, la continua y la discontinua, lo uno y lo múltiple, la estructura y el nudo. Parece complicado pero no lo es. Ayuda mucho asumir que trabajamos con modelos y construcciones, y no con leyes naturales.
Todas estas consideraciones están en la base de mi interés por Joyce y su hija Lucia. El último de los estudios está dedicado a ellos. Me llevó mucho tiempo leer todo lo que se ha publicado últimamente, en especial las biografías de Carol Shloss y Brenda Maddox. Y le dediqué muchos meses a darle forma escrita, porque la locura de Joyce es tan sutil y delicada que invita a hacer literatura. Con ese estudio he pretendido llamar la atención sobre dos formas de locura o psicosis muy distintas, la psicosis normalizada de Joyce y la esquizofrenia de Lucia, dos formas de locura que comparten el denominador común de las experiencias genuinas de la locura.
Soy partidario de los tipos clínicos. Lo soy porque observo que muchos sujetos obsesivos o histéricos siguen siendo, treinta años más tarde, obsesivos o histéricos después de haber afrontado muchas vicisitudes. Quiero decir que jamás han enloquecido. Con lo cual deduzco que están apuntalados defensivamente en una estructura o tipo clínico de cuyo perímetro jamás se moverán. Por eso creo en los tipos clínicos. Pero también creo que los límites entre locura y cordura son borrosos y artificiales. Todos tenemos algo de locos y los locos algo de cuerdos. Sí, es cierto. Pero como necesitamos las clasificaciones, al menos inicialmente, enseguida trazamos una raya y separamos un grupo del otro y los enfrentamos conceptualmente.
Sólo hay dos formas de pensar el pathos. Lo pensamos como una discontinuidad o como una continuidad, es decir, como estructuras, categorías, entidades o tipos, o lo pensamos de forma elástica, como si fueran espectros, donde las transiciones se borran. Somos nosotros, los clínicos, quienes decidimos sobre el modelo que seguimos, si es continuo o discontinuo, si es borromeo o estructural. Por eso la psicopatología no es una ciencia (ni falta que le hace), porque nosotros decidimos acerca del modelo que adoptamos. Sin embargo, la opción buena consiste en elegir a la vez las dos perspectivas, la continua y la discontinua, lo uno y lo múltiple, la estructura y el nudo. Parece complicado pero no lo es. Ayuda mucho asumir que trabajamos con modelos y construcciones, y no con leyes naturales.
Todas estas consideraciones están en la base de mi interés por Joyce y su hija Lucia. El último de los estudios está dedicado a ellos. Me llevó mucho tiempo leer todo lo que se ha publicado últimamente, en especial las biografías de Carol Shloss y Brenda Maddox. Y le dediqué muchos meses a darle forma escrita, porque la locura de Joyce es tan sutil y delicada que invita a hacer literatura. Con ese estudio he pretendido llamar la atención sobre dos formas de locura o psicosis muy distintas, la psicosis normalizada de Joyce y la esquizofrenia de Lucia, dos formas de locura que comparten el denominador común de las experiencias genuinas de la locura.
K. M. Me gustaría que nos pudieras aclarar tu postura sobre el estado
actual de una entidad tan controvertida como es la psicosis ordinaria. ¿Crees
que es un asunto que está yendo demasiado lejos? ¿Crees que se está
diagnosticando desde la teoría, dejando de lado el saber de la psicopatología
clásica? ¿Opinas, como muchos lo hacen en la actualidad, que Lacan despreciaba
la psicopatología clásica? ¿Qué opinión te merecen aquellos que desdeñan a los
clásicos al plantear que Lacan va más allá? ¿Crees que esta nueva moda derivará
en que todo sea diagnosticado de psicosis? ¿Consideras que hay un peligro a la
hora de tratar una neurosis como si fuera una psicosis ordinaria?
J. M.ª A. Son muchas preguntas. Tantas que, por lo que veo, ya contienen
una respuesta. Te daré también la mía. Estoy de acuerdo en que hoy día estamos
en condiciones de diagnosticar con más precisión algunas formas discretas de
locura. Basta leer lo que se escribía sobre el particular hace ciento cincuenta
años, por ejemplo el libro de Trélat sobre la locura lúcida, para comprobar el
progreso. También estoy de acuerdo en que el pathos adopta nuevas formas de presentación, dependiendo de las
épocas y discursos imperantes. Incluso doy por cierto que, como sucede con la
esquizofrenia, en determinado momento histórico se genere un nuevo tipo de
patología. Dicho todo esto, para enmarcar el problema al que aludes con tus
preguntas, es necesario echar la vista atrás para saber cuándo se ha planteado
este problema y qué soluciones se le han acordado. Eso nos ayudará mucho para
elaborar una reflexión cabal.
El problema de la psicosis ordinaria se enmarca en una amplia tradición. No es nuevo, sino tan antiguo como la psicopatología misma. De hecho ha sido el problema por excelencia de la clínica clásica. Como decía antes, si optamos por un modelo del pathos de tipo discontinuo, es decir, estructuras clínicas, entidades nosológicas, o como se quieran llamar, siempre, tarde o temprano, al acercarnos a las fronteras nos introduciremos en una zona sombría. Quiero decir que la separación entre neurosis y psicosis obliga a ciertos forzamientos, puesto que hay un espacio entre una y otra, un territorio en el que algunos han introducido los trastornos límite, los narcisistas, los como si, los trastornos de personalidad, etc. No es fácil establecer ahí un límite. No lo es para nosotros (al menos para mí), ni lo era para Kraepelin, por citar a un gran nosógrafo. Hay que tener presente que las categorías o tipos clínicos se construyeron con casos extremos, con sujetos muy alejados del común de los mortales. Hay que tener en cuenta también que los psicopatólogos clásicos fueron grandes caricaturistas y extremaron los rasgos morbosos. De ahí que reconozcamos con tanta facilidad, cuando leemos a Krafft-Ebing, por ejemplo, a un melancólico delirante o a un paranoico. Ahora bien, a medida que descendemos peldaños desde la gran patología hacia la normalidad, las descripciones se desdibujan y la caricatura pierde efectividad. De manera que la psicopatología discontinua, sea psicoanalítica o psiquiátrica, se encuentra indefectiblemente con el problema de los semi-alienados y de los medio-locos. Mejor dicho, más que encontrarse con este problema, es más preciso decir que el método mismo aboca a este problema. Por tanto, si somos estructurales nos veremos obligados a especificar qué hay ahí en esa zona de transición entre una estructura y otra. Surgen al respecto diversas opciones: inventar estructuras intermedias o correr alguna de las fronteras para incluir a los inclasificables en ese territorio. La psicosis ordinaria ha surgido de esta segunda opción, es decir, como consecuencia de extender el perímetro de la locura, tradicionalmente más circunscrito.
En este marco es donde hay que situar el problema de la psicosis ordinaria. Al menos así lo reflejo en uno de los estudios titulado “Psicosis actuales”. Lo más importante es entender que estas formas discretas, ordinarias o normalizadas de la locura son el resultado de aplicar una plantilla categorial o estructural al pathos. Si aplicamos, por el contrario, una plantilla continuista, al estilo kleiniano o conforme al modelo kretschmeriano del delirio de relación sensitivo, el problema desaparece. La locura y la cordura, la psicosis y la neurosis se dan la mano y se interpenetran, con lo cual ya no hay casos raros ni ordinarios, sino continuum. Algo similar observamos en la clínica borromea del último Lacan. Pero aquí el método arrastra consigo un problema: si todos estamos locos o todos deliramos, tarde o temprano nos veremos obligados a separar a los auténticos delirantes del resto, a edificar una frontera entre el neurótico y el psicótico, puesto que es así como se genera el conocimiento psicopatológico. Como se ve, se trata de dos polos, continuo y discontinuo, uno y múltiple, hacia los que se desplaza el péndulo del saber sobre el pathos. Cuando se agota uno, movemos el péndulo hacia el otro. Y así inexorablemente. De este modo podemos leer la historia de la clínica y las contribuciones de sus grandes pensadores, pues en la mayoría se advierten, en momentos distintos, las dos posiciones, como en el caso de Lacan, de Kraepelin o de Freud. Esas posiciones se observan asimismo en las clasificaciones internacionales, cosa evidente si se compara el DSM-III y el DSM-V, radicalmente categorial el primero, más espectral o continuista el segundo. Los autores que acabo de mencionar, al igual que la taxonomía de la APA, comienzan por la categoría o la estructura y se mueven hacia visones más continuistas. De la estructura al nudo, de la entidad nosológica al síndrome, del trastorno al espectro, ese el primer movimiento. Después, cuando el continuum nos parezca inespecífico y excesivamente borroso, desplazaremos paulatinamente nuestro interés hacia el otro polo. También creo que eso sucede en la mayoría de nosotros. Cuanto mayor es nuestra experiencia clínica, menos necesitamos las categorías y más nos acercamos a posiciones continuistas. En mi opinión, las dos opciones son necesarias y las dos opciones deben aplicarse a la vez.
La psicosis ordinaria se sitúa, por tanto, en la problemática tradicional de lo que antaño fue la locura parcial y más adelante se denominó locura lúcida, monomanías, seudomanomanías, locura moral, paranoia rudimentaria, esquizofrenia latente, locura razonante, etc. Pero la psicosis ordinaria no indica sólo un problema irresoluble que concierne a la esencia de la psicopatología. Ella puede convertirse también en un problema más que aportar una solución. Puede convertirse en un problema siempre que se anteponga el carro a los bueyes, esto es, siempre que se diagnostique mediante la teoría y no mediante la clínica. Y aquí comienzan las dificultades. A mi manera de ver, el diagnóstico debe basarse en fenómenos positivos, no en deducciones o abstracciones teóricas. Llamo fenómenos positivos a esas experiencias genuinas de locura de las que hablaba y a las que dedico prácticamente todo el libro. Como explicito en algún momento, el psicoanalista debe guiarse por tres lámparas para iluminar el diagnóstico: la semiología clínica, es decir, el saber objetivo de la clínica que nos ofrece los matices y las texturas; la reacción o el impacto específico de cada sujeto ante lo que le sobreviene, cosa que se adensa en determinado tipo de experiencias y de síntomas; por último, la función que cada uno damos a nuestras creaciones sintomáticas. Mientras las texturas se sitúan en el ámbito objetivo, las experiencias, los síntomas y su función se ubican de lleno en el plano subjetivo. Con respecto a las formas normalizadas, discretas u ordinarias, me parece fundamental, a la hora del diagnóstico, tener en cuenta las experiencias genuinas, la transferencia, la neurosis infantil y el tipo de estabilizador que está funcionando o ha funcionado en ese sujeto. Todo eso a la vez. Y muchas veces es insuficiente. Por lo que a mí respecta, a veces no consigo aclararme con el diagnóstico de las formas normalizadas. Es una limitación propia pero también lo es del método empleado, como sucede con el ángulo muerto cuando miramos los retrovisores del coche y vemos cómo acerca un turismo y de pronto desaparece. Como expongo en el estudio de Joyce y Lucia, considero que con la clínica clásica se puede diagnosticar todo tipo de locuras, sea enloquecidas o normalizadas. En materia de diagnóstico, la clínica clásica, esto es, la estructural, atesora nuestro valor más cotizado.
También la psicosis ordinaria se puede convertir en un problema si optamos por generalizar ese diagnóstico. A este respecto añadiré las dos últimas consideraciones. En primer lugar, soy partidario de acotar el perímetro de la locura o psicosis para evitar ese mal endémico que conocemos tan bien los que trabajamos en servicios públicos, el mal del estigma que acarrean los diagnósticos psiquiátricos. En segundo lugar, al ampliar el diagnóstico de psicosis ordinaria y generalizar su uso nos daremos de bruces con el hecho de que algunos pacientes que vienen a visitarnos para tener una experiencia analítica se irán tiempo después como vinieron, es decir, sin analizar.
La perspectiva que aporta el trabajo en manicomios, unidades de hospitalización o centros de salud invita a restringir el territorio de la locura, porque allí los locos auténticos son asunto de todos los días y uno acaba por observar algunas diferencias entre ellos y el común de los mortales.
Respecto a si Lacan, y con esto concluyo, despreciaba la psicopatología clásica, no tengo nada que decir. No sé a quién puede ocurrírsele una cosa así. Lacan es un clásico de la psicopatología y un moderno del psicoanálisis.
El problema de la psicosis ordinaria se enmarca en una amplia tradición. No es nuevo, sino tan antiguo como la psicopatología misma. De hecho ha sido el problema por excelencia de la clínica clásica. Como decía antes, si optamos por un modelo del pathos de tipo discontinuo, es decir, estructuras clínicas, entidades nosológicas, o como se quieran llamar, siempre, tarde o temprano, al acercarnos a las fronteras nos introduciremos en una zona sombría. Quiero decir que la separación entre neurosis y psicosis obliga a ciertos forzamientos, puesto que hay un espacio entre una y otra, un territorio en el que algunos han introducido los trastornos límite, los narcisistas, los como si, los trastornos de personalidad, etc. No es fácil establecer ahí un límite. No lo es para nosotros (al menos para mí), ni lo era para Kraepelin, por citar a un gran nosógrafo. Hay que tener presente que las categorías o tipos clínicos se construyeron con casos extremos, con sujetos muy alejados del común de los mortales. Hay que tener en cuenta también que los psicopatólogos clásicos fueron grandes caricaturistas y extremaron los rasgos morbosos. De ahí que reconozcamos con tanta facilidad, cuando leemos a Krafft-Ebing, por ejemplo, a un melancólico delirante o a un paranoico. Ahora bien, a medida que descendemos peldaños desde la gran patología hacia la normalidad, las descripciones se desdibujan y la caricatura pierde efectividad. De manera que la psicopatología discontinua, sea psicoanalítica o psiquiátrica, se encuentra indefectiblemente con el problema de los semi-alienados y de los medio-locos. Mejor dicho, más que encontrarse con este problema, es más preciso decir que el método mismo aboca a este problema. Por tanto, si somos estructurales nos veremos obligados a especificar qué hay ahí en esa zona de transición entre una estructura y otra. Surgen al respecto diversas opciones: inventar estructuras intermedias o correr alguna de las fronteras para incluir a los inclasificables en ese territorio. La psicosis ordinaria ha surgido de esta segunda opción, es decir, como consecuencia de extender el perímetro de la locura, tradicionalmente más circunscrito.
En este marco es donde hay que situar el problema de la psicosis ordinaria. Al menos así lo reflejo en uno de los estudios titulado “Psicosis actuales”. Lo más importante es entender que estas formas discretas, ordinarias o normalizadas de la locura son el resultado de aplicar una plantilla categorial o estructural al pathos. Si aplicamos, por el contrario, una plantilla continuista, al estilo kleiniano o conforme al modelo kretschmeriano del delirio de relación sensitivo, el problema desaparece. La locura y la cordura, la psicosis y la neurosis se dan la mano y se interpenetran, con lo cual ya no hay casos raros ni ordinarios, sino continuum. Algo similar observamos en la clínica borromea del último Lacan. Pero aquí el método arrastra consigo un problema: si todos estamos locos o todos deliramos, tarde o temprano nos veremos obligados a separar a los auténticos delirantes del resto, a edificar una frontera entre el neurótico y el psicótico, puesto que es así como se genera el conocimiento psicopatológico. Como se ve, se trata de dos polos, continuo y discontinuo, uno y múltiple, hacia los que se desplaza el péndulo del saber sobre el pathos. Cuando se agota uno, movemos el péndulo hacia el otro. Y así inexorablemente. De este modo podemos leer la historia de la clínica y las contribuciones de sus grandes pensadores, pues en la mayoría se advierten, en momentos distintos, las dos posiciones, como en el caso de Lacan, de Kraepelin o de Freud. Esas posiciones se observan asimismo en las clasificaciones internacionales, cosa evidente si se compara el DSM-III y el DSM-V, radicalmente categorial el primero, más espectral o continuista el segundo. Los autores que acabo de mencionar, al igual que la taxonomía de la APA, comienzan por la categoría o la estructura y se mueven hacia visones más continuistas. De la estructura al nudo, de la entidad nosológica al síndrome, del trastorno al espectro, ese el primer movimiento. Después, cuando el continuum nos parezca inespecífico y excesivamente borroso, desplazaremos paulatinamente nuestro interés hacia el otro polo. También creo que eso sucede en la mayoría de nosotros. Cuanto mayor es nuestra experiencia clínica, menos necesitamos las categorías y más nos acercamos a posiciones continuistas. En mi opinión, las dos opciones son necesarias y las dos opciones deben aplicarse a la vez.
La psicosis ordinaria se sitúa, por tanto, en la problemática tradicional de lo que antaño fue la locura parcial y más adelante se denominó locura lúcida, monomanías, seudomanomanías, locura moral, paranoia rudimentaria, esquizofrenia latente, locura razonante, etc. Pero la psicosis ordinaria no indica sólo un problema irresoluble que concierne a la esencia de la psicopatología. Ella puede convertirse también en un problema más que aportar una solución. Puede convertirse en un problema siempre que se anteponga el carro a los bueyes, esto es, siempre que se diagnostique mediante la teoría y no mediante la clínica. Y aquí comienzan las dificultades. A mi manera de ver, el diagnóstico debe basarse en fenómenos positivos, no en deducciones o abstracciones teóricas. Llamo fenómenos positivos a esas experiencias genuinas de locura de las que hablaba y a las que dedico prácticamente todo el libro. Como explicito en algún momento, el psicoanalista debe guiarse por tres lámparas para iluminar el diagnóstico: la semiología clínica, es decir, el saber objetivo de la clínica que nos ofrece los matices y las texturas; la reacción o el impacto específico de cada sujeto ante lo que le sobreviene, cosa que se adensa en determinado tipo de experiencias y de síntomas; por último, la función que cada uno damos a nuestras creaciones sintomáticas. Mientras las texturas se sitúan en el ámbito objetivo, las experiencias, los síntomas y su función se ubican de lleno en el plano subjetivo. Con respecto a las formas normalizadas, discretas u ordinarias, me parece fundamental, a la hora del diagnóstico, tener en cuenta las experiencias genuinas, la transferencia, la neurosis infantil y el tipo de estabilizador que está funcionando o ha funcionado en ese sujeto. Todo eso a la vez. Y muchas veces es insuficiente. Por lo que a mí respecta, a veces no consigo aclararme con el diagnóstico de las formas normalizadas. Es una limitación propia pero también lo es del método empleado, como sucede con el ángulo muerto cuando miramos los retrovisores del coche y vemos cómo acerca un turismo y de pronto desaparece. Como expongo en el estudio de Joyce y Lucia, considero que con la clínica clásica se puede diagnosticar todo tipo de locuras, sea enloquecidas o normalizadas. En materia de diagnóstico, la clínica clásica, esto es, la estructural, atesora nuestro valor más cotizado.
También la psicosis ordinaria se puede convertir en un problema si optamos por generalizar ese diagnóstico. A este respecto añadiré las dos últimas consideraciones. En primer lugar, soy partidario de acotar el perímetro de la locura o psicosis para evitar ese mal endémico que conocemos tan bien los que trabajamos en servicios públicos, el mal del estigma que acarrean los diagnósticos psiquiátricos. En segundo lugar, al ampliar el diagnóstico de psicosis ordinaria y generalizar su uso nos daremos de bruces con el hecho de que algunos pacientes que vienen a visitarnos para tener una experiencia analítica se irán tiempo después como vinieron, es decir, sin analizar.
La perspectiva que aporta el trabajo en manicomios, unidades de hospitalización o centros de salud invita a restringir el territorio de la locura, porque allí los locos auténticos son asunto de todos los días y uno acaba por observar algunas diferencias entre ellos y el común de los mortales.
Respecto a si Lacan, y con esto concluyo, despreciaba la psicopatología clásica, no tengo nada que decir. No sé a quién puede ocurrírsele una cosa así. Lacan es un clásico de la psicopatología y un moderno del psicoanálisis.
viernes, 10 de mayo de 2013
El pasado 24 de abril tuvo lugar en el Foro Solidario de Caja de Burgos la conferencia impartida por el Dr. Kepa Matilla "¿Cómo puedo tener una buena salud mental?".
Se trataron múltiples aspectos, si bien en esta entrada se recogerán brevemente aquellos que se estima fueron más interesantes.
Se puso de manifiesto cómo la misma definición de salud mental -tomando como referencia, verbigracia, la establecida por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS)- y los ideales de felicidad que circulan en el ámbito cotidiano suponen per se máximas difícilmente realizables. Las propias expectativas que imponen a las personas derivan precisamente, en muchos casos, ante su incumplimiento, en un efecto contrario. Es decir, el mero quebranto de algunas de las "normas de felicidad", principios de salud mental o apotegmas, ocasiona, en cierta medida, el propio malestar de los sujetos, cuando realmente en la vida acontecen eventos que no siempre tienen por qué ser dichosos y que son inexorables (pérdidas de amistad, accidentes, defunciones, fracasos, etc.).
Por otro lado, se abordó el tema del rechazo existente al acogimiento de la desazón de las personas. Manifiesto en aquellas situaciones, entre otras, en las que los pacientes acuden al terapeuta y éste termina exhortándoles cambios de actitudes, nuevas pautas de comportamiento y consejos varios para tratar de modificar/evitar sus vivencias particulares; lo cual deja entrever las tonalidades agresivas de la contratransferencia.
Asimismo se disertó sobre la tendencia existente en el ser humano a sobrepasar algunos límites, aún sabiendo que pueden ser dañinos para la propia salud, pero en la que se encuentra cierto goce o placer. Sea el caso de las drogas, el juego, los excesos, escaqueos y múltiples hechos que en su manera de acomerterlos confieren a los sujetos su singularidad y que pueden derivar en "patologías" particulares que por ende demandan terapias personalizadas. No ya para poder buscar "la felicidad", sino el saber hacer en la vida, redescubriendo los propios recursos del paciente, dotándole de mayor conocimiento de sí mismo y consecuentemente de libertad de elección ante diversas situaciones que se le presenten.
domingo, 14 de abril de 2013
La invención de las enfermedades mentales
El pasado día 10 de abril tuvimos el placer de disfrutar, en nuestra propia ciudad, de una charla con José María Álvarez, a propósito de la celebración de un curso sobre su libro "La invención de las enfermedades mentales". Tema de gran actualidad en nuestros días, tal y como hemos podido comprobar en distintos debates y reportajes televisados recientemente.
José María Álvarez es psicoanalista, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, Doctor en Psicología y especialista en Psicología clínica del Hospital Universitario Río Hortega. Asimismo es el reciente premio "Huarte de San Juan".
Realizó un recorrido histórico y psicopatológico de distintas categorías que conforman la nosología de la psicosis centrándose más en profundidad en el caso de la melancolía o depresión, tal y como se la denomina actualmente.
José María disertó sobre prolíficos clásicos, sus obras, anécodotas y vínculos con la melancolía, en la antigüedad concebida como una especie de locura parcial, tristeza, ligada sobremanera a la creatividad. Sin embargo, con la incursión del pensamiento científico en el mundo el panaroma sociocultural cambia, los ideales mutan, desaparece la idea de Dios (que ordenaba en cierta medida el mundo), se crea un lenguaje nuevo, se pueden predecir grandes acontecimientos naturales y también las experiencias subjetivas se modifican.
A comienzos del siglo XIX, con el alienismo y la filosofía moral, donde podemos destacar a Pinel, Esquirol, Guislain y tantos otros, se traslada ya la locura a la patología mental, se comienzan a desarrollar las nosografías y nosologías de la psicosis. Si bien, no es hasta 1854, con J. P. Falret, cuando definitivamente se establece el paradigma de las enfermedades mentales. Lo que antes estaba ligado a la creatividad, al saber, a la excepcionalidad por decirlo de alguna manera, pasa a estar incluído dentro de la locura, entendida como enfermedad mental y opuesta radicalmente a la cordura o salud mental. Para realizar esta operación, justificarla, dotarla de consistencia, se buscó en un primer momento la causa orgánica. Como el resultado fue frustado se optó, en un segundo momento, por tratar de encontar el soporte en la herencia, empero tampoco se corroboraban las hipótesis.
Por ende, la enfermedad mental, quedó simplemente en eso, en un constructo, una conjetura, un modelo y no una realidad, pero que, en definitiva, ha persistido hasta nuestros días con el peso médico heredado de aquella época, de sus bizarras teorías, perdiéndose por el camino todo el desarrollo del concepto y pudiendo generar ideas equivocadas y de importante trascendencia.
Por ende, la enfermedad mental, quedó simplemente en eso, en un constructo, una conjetura, un modelo y no una realidad, pero que, en definitiva, ha persistido hasta nuestros días con el peso médico heredado de aquella época, de sus bizarras teorías, perdiéndose por el camino todo el desarrollo del concepto y pudiendo generar ideas equivocadas y de importante trascendencia.
José María apuesta por la depresión no como una estructura clínica sino como un síndrome, como un conjunto de signos variados compartidos por múltiples personas y de lo más diversas. Hace hincapié además en que al margen de la "enfermedad" está la responsibilidad del sujeto, su ética, sus elecciones. Y de lo que se trata es de intentar orientarle en su goce, en lo que le mueve a elegir, para hacer que prosiga su camino optándo por lo menos pejudicial para él.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
+22.11.06.png)
+21.52.29.png)

